jueves, 16 de febrero de 2017

Motivos de lealtad

Aída Quintero Dip
  La historia de Cuba ofrece ejemplos elocuentes de lealtad a las convicciones, a los principios que son muy útiles hoy para la defensa de la Patria y la formación de las nuevas generaciones, crecidas bajo el influjo de un ancestral patriotismo.
  Tan apreciable arsenal forma parte de la obra colectiva que alimenta la espiritualidad del pueblo, ese pueblo diferente en cada etapa de desarrollo, pero eternamente el mismo que ha demostrado cuán difícil será traicionar la gloria vivida.
  Así en la memoria popular sobresalen acciones en el acontecer nacional como la del Cacique Hatuey, quien en la hoguera, donde lo pusieron los colonialistas españoles por su rebeldía, rechazó hacerse cristiano e ir al cielo, como le pidió el sacerdote, para no encontrarse allá con los esclavizadores de los suyos.
  Carlos Manuel de Céspedes, quien dio el primer grito de independencia en La Demajagua,  para darle libertad a sus esclavos,  es considerado con justeza el Padre de la Patria, porque refutó dejar la lucha  para salvar a su querido hijo Oscar, que había caído prisionero de las tropas enemigas, alegando que todos los cubanos eran sus hijos.
  El digno camagüeyano Ignacio Agramante,  al escuchar a un conspirador independentista quejosamente preguntar cómo íbamos a liberar a Cuba, siendo muy superior el poderío militar de los colonialistas españoles, sin vacilar,  exclamó: “¡Con la vergüenza de los cubanos!”
  Esa misma vergüenza y amor patrio multiplicado llevó a los valerosos bayameses  a iluminar el cielo de la Isla, al quemar su amada ciudad, el 12 de enero de 1869,  antes de rendirla a los pies del enemigo.
  Mariana Grajales, nacida en la indómita tierra de Santiago de Cuba, mientras sus hijos Antonio y José daban un paso al frente para sumarse a la revolución, se dirigió al más pequeño de su prole y le indicó empinarse para que también  respondiera al llamado del deber.
  El guajiro matancero Secundino Alfonso, ordenanza del Brigadier Pedro Betancourt, al ver caer del caballo a su jefe, le cedió el machete y su propio caballo y lo protegió, hasta morir disparando contra el enemigo.
  Otro ejemplo que vale la pena rememorar en la historia de Cuba es el de la madre de Calixto García Iñiguez, cuando supo con angustia que este había caído prisionero en  manos de los peninsulares, dijo:
“¡Este no es mi hijo!”, pero al saber que se había dado un tiro, que no logró matarlo, expresó: "¡Ese sí es mi hijo!".
 José Martí, siendo apenas un adolescente, cargado de cadenas y grilletes, le escribió a su madre, rogándole que,  en vez de llorar, pensara que entre las espinas nacen las flores. De cara al Sol supo el Héroe caer en combate tras sembrar poderosas ideas que hoy son fuentes de inspiración en su Patria.
   Pervive en la memoria un pasaje mucho más contemporáneo relacionado con Juan Almeida Bosque, con la frase que él pronunciara  durante el combate frente a fuerzas de la tiranía de Fulgencio Batista en Alegría de Pío, al sur oriental, después del desembarco del Yate Granma, en diciembre de 1956, bautizo de fuego del futuro Ejército Rebelde con Fidel Castro a la cabeza.
  En aquel instante de zozobra ante los inconvenientes afrontados por la corajuda expedición retumbó en los oídos de sus compañeros y de la manigua: ¡Aquí no se rinde nadie...!,  como una lección para todos los tiempos.
 Son apenas pasajes de la rica historia y del acervo patriótico que inspiran a la lealtad y alimentan el alma de la nación cubana.

viernes, 10 de febrero de 2017

Meida, entrega total a la Revolución




Aída Quintero Dip
   Acto de verdadera justicia es sacar a la luz historias de vida que permanecen en el anonimato, como la de Meida Pineda Cueto, una mujer de la Revolución, como ella misma se define, que vive en Santiago de Cuba e irradia tanto ejemplo y valores que sería un sacrilegio no revelarla.
  En la sencillez de su existencia, que pareciera no tiene mucho que expresar a los demás, radica seguramente su grandeza.
  A los 13 años Meida cocinaba y lavaba la ropa de los rebeldes que enfrentaban  a la tiranía de Fulgencio Batista allá por los montes de La Panchita, en Vega del Jobo, Baracoa, de la provincia de Guantánamo, donde nació hace 72 años.
  Recuerda que cuando los “barbudos” iban a atacar algún sitio tenían que preparar comida a veces para unos 80 hombres, ella ayudaba a su madrina, Blanca Leyva, en cuya casa la acogieron, pues su familia era humilde y la miseria no alcanzaba para alimentarla junto a sus 11 hermanos.
   “Era costumbre del lugar y de la época lavar en el río donde apenas podíamos   tender la ropa, pues si los aviones enemigos las detectaban era muy peligroso, ahí mismo empezaba el bombardeo”, rememora.
   Aquellos tiempos fueron duros, y ella se elevó sobre sus propios pies para desafiarlos, prefiere olvidarlos pero sabe lo importante de que las nuevas generaciones conozcan bien la historia para defenderla mejor.
  “Cuando triunfó la Revolución, con 14 años, me sentí la persona más feliz de la tierra, esa primera sensación de libertad fue tremenda, después de estar en medio de una guerra, sentir bien cerca las metrallas y la posibilidad de morir, si no de hambre, de los ataques de la aviación.
  “Me consideran una colaboradora del Ejército Rebelde por mi respaldo concreto en los días de lucha insurreccional,  qué mayor orgullo puede una cubana sentir en su vida”, dice sonriente, emocionada.
   “En 1960 me trasladé para Santiago de Cuba, donde fui empleada doméstica,  cuidaba tres niños en una casa por solo ocho pesos mensuales, pero empecé a ser otra cuando me incorporé al trabajo estatal en el comercio y la gastronomía  con tanta devoción y entrega que fui elegida Vanguardia en varias ocasiones”.
  Apenas lograda la victoria de 1959, en aquellos años fundacionales, lo mismo se movilizó para el corte de caña, la recogida de café y de algodón, o la defensa de la Patria, cuando la participación de cada cual era vital para el progreso de la incipiente Revolución, rodeada de peligros por todas partes.
   “Me integré al proceso por completo, milité en la Unión de Jóvenes Comunistas, entonces Jóvenes Rebeldes, fui de las primeras en las Milicias Nacionales Revolucionarias y reguladora del tránsito como auxiliar del Ministerio del Interior, por lo que me escogieron para trabajar en la Primera Conferencia Tricontinental, en 1966, en La Habana”, refiere.
  Se califica ella misma y lo confirman quienes la conocen bien como una mujer muy colaboradora, servicial, que siente placer con prestar ayuda a todo el que la necesite; amante de la justicia, no extraña saberla juez lego en el municipio de Santiago de Cuba por más de 20 años.
  Prestó servicios cuando el ataque al aeropuerto santiaguero Antonio Maceo, como preludio de la invasión mercenaria por Playa Girón, y cuando en 1963 el ciclón Flora azotó el oriente cubano, pues ante cualquier contingencia ella  siempre da el paso al frente.
  “Lo único que he hecho en mi vida es trabajar, ese es mi único premio, mi gran trofeo”, confiesa esta baracoesa que ha echado raíces en Santiago de Cuba, una tierra que aprendió a querer como suya.
  Ahora jubilada, esta mujer nunca temió a las faenas duras ni a las largas jornadas, como dependienta, cajera, recaudadora,
administradora, entrega que ayudaron a forjar en ella un carácter fuerte pero también un corazón bondadoso que derrocha simpatía en su barriada del Centro Urbano Abel Santamaría.
  Habla con orgullo de lo que denomina “mis cuatro joyas”: sus hijas Eva María y Yelisa, y sus nietas Carolina y Meilín Reina, quienes le dan una vitalidad increíble para seguir adelante.
  “Las amo intensamente, siempre les enseñé a disfrutar lo que tienen y a no sufrir por lo que les falta, esa postura les ayuda a vivir una existencia plena,  buscar y hallar la parte positiva de cada situación y fomentar valores en sus descendientes.
  “Me sacrifiqué mucho, no lo niego, para que ellas fueran personas de bien, quedé viuda cuando eran pequeñas, me esforcé para que se prepararan, me dieron el mejor regalo, ambas son licenciadas, una en Educación y la otra en Contabilidad, y excelentes trabajadoras”.
  Ahí está el otro gran premio que enaltece la vida de Meida Pineda Cueto.

martes, 24 de enero de 2017

Festeja Granma entrada al olimpo del béisbol cubano



Yasel Toledo Garnache
  Granma es congas, bailes, abrazos y miles de personas felices, quienes sienten la sensación indescriptible de saberse más especiales porque su equipo, también conocido como los Alazanes, entró hoy al olimpo del béisbol Cubano.
   El sueño de los más de 830 mil pobladores de este oriental territorio se convirtió en realidad cuando casi eran las seis de la tarde y el antesalista Yunior Paumier recibió un fly, out 27, motivo para la euforia de todo un pueblo, para los saltos de alegría en los 13 municipios de esta histórica provincia, donde el béisbol es pasión.
   En el estadio Mártires de Barbados, cuartel general de los Alazanes, lugar de la hazaña definitiva, los aficionados no pudieron permanecer sentados porque la emoción era mucha, y se tiraron al terreno para celebrar junto a sus héroes, para abrazarlos y decirles “gracias”, con la voz y con los gestos.
  Y con la fuerza de miles retumbaba en todo el lugar una sola expresión: ¡Granma Campeón!, ¡Granma Campeón!..., y la gente bailaba como en una coreografía gigante, y en lo alto los fuegos artificiales ponían más luz.
   ¡Qué grande es el deporte!, ¡Qué inmenso es el béisbol!, ¡Qué sensación tan agradable percibir un diluvio de felicidad!, ver los rostros alegres de niños, jóvenes y adultos.
   Ya está escrito en la mente y en los corazones de los seguidores de los Alazanes: el 22 de enero es el Día del Béisbol en Granma, fecha en la cual Ibrahim Fuentes Diéguez, hijo de esta tierra, impuso récord de hits consecutivos en Series Nacionales de Béisbol (SNB), aunque en el año 1989, cuando el conjunto local alcanzó la medalla de bronce, su mejor actuación de la historia antes de esta campaña.
   Ciro Silvino Licea, el pitcher local con mejores estadísticas de la historia, quien actualmente se desempeña como entrenador, declaró a la Agencia Cubana de Noticias que la emoción es enorme y este gran triunfo le da más vida, más deseos de seguir en el deporte.
   Guillermo Avilés, uno de los jugadores decisivos en el play off con tres jonrones, incluido uno en el tercer juego de la final, manifestó estar muy feliz por alcanzar un sueño anhelado desde hace mucho tiempo.
   Alfredo Despaigne, considerado el mejor pelotero residente en Cuba, quien participó en las últimas tres campañas de la Liga Profesional de Béisbol de Japón, expresó que es imposible describir su alegría, porque ser campeón con Granma es lo máximo, lo más grande de su carrera deportiva hasta el momento.
   Noelvis Entenza, jugador de refuerzo, dijo que es el hombre más feliz del mundo por su primer gran éxito en el deporte y agradeció a sus compañeros de equipo y al pueblo de esta provincia por demostrarle mucho cariño.
  Los héroes de hoy, quienes ganaron el cuarto partido de la final sobre los Tigres de Ciego de Ávila, con marcador de tres anotaciones a dos, fueron esperados afuera del estadio por miles de aficionados, quienes cantaban y le demostraban su agradecimiento.
   La joven Ariannis Cebasto Diamonte, camarera, quien casi no podía hablar por la emoción, expresó que siente estar viviendo un sueño y se quedará fuera del Mártires de Barbados para celebrar junto a sus amigos y toda la multitud hasta el amanecer. 
   Después de salir de la instalación, los integrantes del conjunto recorrieron parte de Bayamo, Ciudad Monumento Nacional, donde seguramente pocos dormirán hoy porque todo es fiesta y entusiasmo.
   En un ómnibus pasaron por algunas de las zonas de la urbe y recibieron el cariño de sus seguidores.
   La proeza de los granmenses tiene mayores dimensiones porque incluyó cuatro victorias en la semifinal frente a los Cocodrilos de Matanzas, mejor equipo de la etapa clasificatoria, y las de la final fueron de forma consecutiva sobre el plantel avileño, campeón de las dos últimas ediciones.

jueves, 12 de enero de 2017

Cuando las luces de la tierra llegaron al cielo



Martín A. Corona Jerez
   Se estremece el alma del cubano cuando recuerda la madrugada del 12 de enero de 1869, aquella en que la ciudad de Bayamo, una de las más importantes de la región oriental, fue convertida en cenizas por sus moradores, para continuar la guerra independentista en bosques y montañas.
  La llamarada llegó hasta el cielo de la Patria, porque se hizo símbolo de amor a la libertad y de valentía para conquistarla, además de raíz fértil e inconmovible de la resistencia colectiva que ahora asombra al planeta.
  Es necesario hacer algunas precisiones, confirmadas por  estudios históricos, para que se comprenda mejor la significación del acontecimiento.
  No tiene nada de asombroso que una urbe,  un cuartel u otro lugar sea quemado en una guerra. Lo singular de Bayamo fue que la incendiaron sus habitantes, los hijos de la localidad prendieron fuego a propiedades suyas e instituciones públicas.
   Son incontables las ocasiones en que los atacantes han incinerado edificaciones, para vencer la resistencia de los defensores. Esta vez fueron los defensores quienes destruyeron lo suyo, cuando no pudieron seguir defendiéndolo.
    El objetivo no era “impedir que la ciudad fuera ocupada por los españoles”. Esto resultaba imposible y, precisamente, cuando los bayameses comprendieron la imposibilidad, acudieron a la candela, para demostrar cuánto amaban la libertad, y que estaban decididos a sacrificarlo todo por ella.
    La decisión no fue unánime, lógicamente. Hubo un acuerdo del gobierno provisional de la ciudad, bajo la presidencia del insigne Pedro Figueredo Cisneros (Perucho), autor del Himno Nacional, y tuvo el apoyo de una buena parte de los pobladores.
    También  existen testimonios de personas que manifestaron desacuerdo ante las autoridades, con argumentos nada superficiales.
    La historia humana guarda infinidad de acciones valientes, audaces y suicidas. La hazaña de los bayameses fue valiente y audaz, pero no suicida; estaban convencidos de que podían vencer en aquella guerra, y se decidieron a continuarla en otras circunstancias.
    Esto resulta muy importante, porque tempranamente demostró  que la filosofía patriótica del pueblo cubano incluye sacrificios extremos, hasta la muerte, pero excluye la rendición y el suicidio. Los hijos de esta tierra pelean para triunfar.
   Es bueno recordar que la idea de sacrificarlo todo en pro de la libertad apareció con frecuencia desde el comienzo de la conspiración previa al estallido del 10 de octubre de 1868, y algunas veces se habló, o escribió, de quemarlo todo.
   Por tanto, el incendio no nació como reacción primaria e  impensada de los patriotas.
   Recuérdese que la urbe era el centro de la región histórica del Cauto, escenario de tempranas muestras de madurez de la nacionalidad cubana, y un grupo de bayameses comenzó la conspiración que inició la primera guerra cubana contra el colonialismo y la esclavitud.
   También resultó la primera, y la única ciudad que los patriotas ocuparon durante un tiempo prolongado en la llamada Guerra de los Diez Años.
  Las llamas gloriosas del  12 de enero siguen alumbrando hoy desde el cielo de la Patria, y convocando al respeto, la  admiración y el compromiso.

Celia Sánchez Manduley, eterna flor de Cuba



Yasel Toledo Garnache
   Era 11 de enero de 1980. La tristeza iba de un extremo a otro de Cuba. Una palabra retumbaba en las entrañas de muchos: muerte. ¡No puede ser! ¡Eso es imposible!, decían algunos tras un manto de incredulidad o resistencia ante la noticia, el dolor.
   Celia, la Heroína, la amiga, la guerrillera, la joven inquieta que caminó por los actuales municipios de Media Luna, Pilón, Manzanillo…, que puso la escultura de José Martí casi entre las nubes, en la cima del Turquino.
   La joven que más tarde volvió a las montañas para vestirse de guerrillera, la mujer amorosa, con importantes cargos después de 1959, la Norma, Carmen, Liliana y Caridad de la lucha clandestina, falleció a las 11: 50 de la mañana de aquel viernes.
   El cáncer en los pulmones, detectado tres años antes, fue su más difícil enemigo.
   La estirpe de ella, el compromiso con los humildes, travesuras infantiles y singularidad espiritual perduran con la sensación de inmortal presencia.
   Recuerdo mis primeras visitas a su casa natal, actual museo, en Media Luna. Me detenía ante cada foto y otros objetos, algunos de los cuales pertenecieron a ella.
   Imaginaba a la niña, a la bella joven, a la mujer excepcional y me sentía más orgulloso por haber nacido en el mismo territorio donde ella en 1920.
   Mi mamá, admiradora de Sánchez Manduley, una de las más fieles ayudantes de Fidel Castro, me contaba que ella tenía la esperanza de que yo naciera en la misma fecha de la heroína, nueve de mayo, aunque con una diferencia de 70 años, y casi el deseo se convirtió en realidad, pero salí a la luz apenas unas horas antes, la noche anterior.
   Cuando niño, muchas personas mayores me hablaban de ella y su amabilidad, de su interés en ayudar siempre al pueblo, como una hermana grande o una madre que deseaba siempre el bien.
   Casi todas las mañanas, cuando yo iba hacia la escuela secundaria básica, pasaba frente al museo, lo miraba, y seguía.
   Escuché anécdotas, leí artículos y libros sobre ella, y así me formé como mejor revolucionario, uno que será siempre fiel a su ejemplo y a las esencias de la nación.
   La sede universitaria donde estudié, en Holguín, tiene su nombre y ese era y es otro motivo de orgullo, por eso me esforzaba más en el aula, en los eventos estudiantiles, en la Radio Base… y en cualquier tarea, algo que todavía hago con pasión.
   Celia era también hermosa y juguetona, amante del cigarro y el café, del mamoncillo, la ciruela criolla, el tamarindo y el mango.
  En Granma, provincia de gran historia, donde vivió y soñó, gravitan su imagen y acciones como símbolos de valor, inteligencia y capacidad organizativa.
   Ella vive como flor autóctona que crece con cada triunfo, reto y gesto solidario. Su ejemplo de mujer, cubana, luchadora, martiana, fidelista y comunista camina en la eternidad.

viernes, 6 de enero de 2017

Fidel en la Caravana del 59: más allá de la alegría



Marta Gómez Ferrals
  Cuando entró en La Habana, el ocho de enero de 1959, más de mil kilómetros había recorrido de manera triunfal la Caravana de la Libertad, liderada por el joven Comandante en Jefe Fidel Castro, tras su partida de Santiago de Cuba en la madrugada del día dos del propio mes.
   Fue por la barriada popular del Cotorro por donde se produjo el primer contacto con los capitalinos. Allí lo esperaban su hijo Fidelito, con quien Fidel se fundió en un abrazo,  y el Comandante Juan Almeida.
    A la altura de la afamada Virgen del Camino se incorporó al recorrido Camilo Cienfuegos, quien, al igual que el Che Guevara, había adelantado su entrada a La Habana, por órdenes de Fidel, tras la exitosa campaña de Oriente a Occidente, decisiva en el curso de la  guerra liberadora.
  Los combatientes rebeldes movilizados con Fidel, entre ellos unos tres mil guajiros fogueados en la lucha, recibieron en la gran ciudad las masivas muestras de cariño y alegría que en el resto de las localidades y poblados del país por donde habían pasado en días anteriores.
   Pasaron frente al Castillo de Atarés, los elevados del ferrocarril y la planta eléctrica de Tallapiedra.
  Un momento de singular impacto se produjo cerca de la  sede de la Marina de Guerra, porque cuando apareció el yate Granma, atado al muelle, Fidel bajó del vehículo en el cual iba y subió a la embarcación, en medio de un enjambre de combatientes rebeldes.
   Después de ese punto la  caravana se desvió por la Avenida de Las Misiones, rumbo al Palacio Presidencial, desde donde habló al pueblo en la terraza del ala norte de la edificación.
   Pero la ruta de la Libertad continuó por el Malecón y enfiló hacia la céntrica Calle 23, en la cual se detuvo Fidel en Radiocentro para dialogar con algunos artistas, y luego prosiguió con rumbo oeste hacia Marianao.
    Por la noche, y hasta horas de la madrugada del día nueve de enero, el líder de la Revolución cubana volvió a hablar al pueblo en los predios del antiguo campamento militar de Columbia, convertido después en Ciudad Escolar Libertad.
  "Se ha andado un trecho, quizás un paso de avance considerable. Aquí estamos en la capital, aquí estamos en Columbia, parecen victoriosas las fuerzas revolucionarias; el gobierno está constituido, reconocido por numerosos países del mundo, al parecer se ha conquistado la paz; y, sin embargo, no debemos estar optimistas.
  “Mientras el pueblo reía hoy, mientras el pueblo se alegraba, nosotros nos preocupábamos; y mientras más extraordinaria era la multitud que acudía a recibirnos, y mientras más extraordinario era el júbilo del pueblo, más grande era nuestra preocupación, porque más grande era también nuestra responsabilidad ante la historia y ante el pueblo de Cuba".
   La estatura moral del líder revolucionario, su excepcional visión política y estratégica, lo llamaron a hablar como siempre le hablaría al pueblo, desde la verdad y el compromiso.
     Así alertó a los buenos cubanos congratulados con el triunfo, con inmensa alegría y esperanza acerca de lo mucho por hacer todavía y sobre lo cierto de que, lo más difícil, seguramente estaría por venir a partir de entonces.
   El ya conocía bien a los poderosos enemigos de los pueblos, la equidad y la justicia social en el continente y en el planeta.
  Desde fines de la guerra liberadora que tras la ofensiva final del Ejército Rebelde                        - encabezado por él- derrotó a las huestes batistianas, había deshecho una conjura enemiga que intentó frustrar a última hora el éxito de la Revolución.
   El acuerdo entablado entre el Ejército Rebelde, a punto de vencer, y el general batistiano Eulogio Cantillo, de deponer las armas y entregar a Batista y los criminales de guerra, fue burlado por el militar en contubernio con el gobierno estadounidense.
  Fue  entonces cuando el primero de enero de 1959 Fidel lanzó la consigna de “Revolución sí, golpe de Estado no”, al comprobar las verdaderas intenciones del general, y se finalizaron los pasos decisivos que concretaron la victoria.
  De modo que Fidel sabía muy bien de lo que hablaba cuando se refería a las dificultades y peligros en ciernes. También, cuando insistió en la necesaria unidad de las organizaciones revolucionarias, y en el reconocimiento de la enorme fuerza y potencial latentes en el pueblo, más invencible que el mejor de los ejércitos.
  Fue una noche casi mágica, que muchos de los presentes vieron llena de buenas señales, como la de las palomas blancas posadas en su hombro y el surgimiento de la entrañable frase de: “¿Voy bien, Camilo”?, tan recordada.
  Los buenos augurios se cumplieron con los logros y momentos luminosos y de gloria vividos en 58 años.
  Pero la premonición dicha también aquella noche de la Revolución temprana, y recordada por el presidente Raúl Castro en la pasada sesión de la Asamblea Nacional, hoy también sobrecoge.
  Fue cuando dijo que una muchedumbre tan inmensa como aquella solo volvería ocurrir el día de sus exequias, cuando lo llevaran a la tumba, y ello sería porque nunca defraudaría al pueblo.
   Tuvo razón, como siempre, el Comandante.