viernes, 17 de abril de 2015

ADO SANZ MILÁ EN LA MEMORIA DEL PUEBLO



ANOLVIS CUZCÓ TARRADELL

Ado Sanz Milá, nació el 13 de abril de 1966 en Santiago de Cuba, tierra a la que amó con locura. Estudió Telecomunicaciones, en la sede Mella de la Universidad de Oriente, pero su verbo sagaz lo condujo hacia el camino de la locución.
Llora hoy tu pueblo santiaguero, y lo hacen también en varias partes de Cuba y del mundo, porque tu generosidad y carisma multiplicaban amigos.
Desde la noche de este 14 de abril, un día después de tu cumpleaños 49, se han mojado incontables pupilas con esta despedida tuya: repentina, noctámbula e impensable para quien mostraba tanta energía.
Dejas en el Facebook 2 796 amigos; un millón, afuera, en las calles de tu Santiago que tanto te vieron desandar con el saludo de un mortal común.
Un infarto agudo de  miocardio, te reventó tu corazón inmenso, donde había poesía  y sensibilidad. Era una tarde de mayo de 2014, cuando al conocer juntos de la muerte de Luis Carbonell, el Acuarelista de la Poesía Antillana, me dijo serio: “No hay que llorar la muerte; es mejor celebrar que existimos”… Así de práctica era tu filosofía de existencia.
Sería imperdonable olvidar que le cantaste a la vida, que bromeabas como un niño nuevo y que pecabas de ingenuo ante lo increíble. Hay razones para sentirse quebrantados por la angustia y la tristeza: Ado escribía con letras inteligentes, inquietas y sensibles como su personalidad. Se abría vías hacia lo infinito; y parecía que amaba a todos sus compañeros de trabajo sin especial distinción. Transitar su luto cuesta. Es difícil asimilarlo. Ado Sanz deja 2 hijos, una esposa, y un mar de misterios y leyendas. La Revista Santiago, pierde a su conductor más jovial; el espacio Tridimensional de la Emisora CMKC, a su genio; En Línea Contigo, a un hombre que aplomó su respeto hacia las autoridades de la provincia.
Cada gesto tuyo ha quedado grabado en nuestra memoria. Aquí nos dejas a un Ado atrevido, locuaz, de alma afectiva y apasionada, elegante al vestir, y alegre siempre.  Sólo en la agonía de pensar que Ado Sanz se ha ido de la vida terrenal, se comprende cuán profundo será el vacío en la pequeña pantalla.
Fue maestro de la improvisación y forjador de talentos, concibiendo a la radio más joven. Donde llegaba no había silencio. Ni en Radio Revolución ni en la Tele ni en la calle. Si fuiste exuberante al hablar, extraviando el sentido lineal de una entrevista; si con una metáfora salvaste minutos vanos de televisión, y con ella mudaste el idioma de la comunicación directa, fue porque nunca tu personalidad intelectual usó maquillajes.
Quien fragua un estilo propio de voz radial, gana detractores y seguidores. Pero tú ganaste más de los últimos. Los recuerdos tuyos construyen un camino hasta el corazón de la gente. Logran que te sientan cerca, aunque en realidad ya estás muy lejos.
Un millón de palabras no pueden hacerte volver a un set de televisión o a la cabina de tu emisora radial; pero el mejor público siempre hablará de tu presencia. Ve tranquilo, amigo, locutor, guionista, educador, director de programas de radio y televisión, hombre de luz propia. Tu vida consagrada nos honra.

Ado Sanz: Santiago llora




Reinaldo Cedeño
Lo veía ir y venir. Surcar la ciudad en dos ruedas. El saludo veloz. De la radio a las pantallas. De la pantalla a la radio. Emisora CMKC, Revista Santiago, un pase a la Revista de la Mañana. Y todavía más: una gala, un curso, un círculo de interés. No sé de qué estaba hecho, de dónde lo sacaron; pero la suya era una pasión irrefrenable. 
No olvidaré un instante en el mítico Cornito, en la tierra de El Cucalambé. Rodeado de amigos que no están. Con el filo de las palabras y la música; con el filo de los silencios, trazó Sandrita, la niña con alas, la historia de quien vino al mundo sin brazos. Dicen que la radio se escapa, que se va;  pero pudiera dibujar aquel documental ahora mismo. Pudiera darle tantos nombres. 
Acudí a él cuando propuse a la radio santiaguera, un pequeño programa: Cuerdas de mujer. Su breve tiempo, nada tuvo que ver con nosotros. Ado vistió mi idea con las suyas, sintonizó su espíritu. Guardo esas grabaciones, como se guardan las cosas queridas, junto a su respeto.  
Cuando en 2011, en el parque Céspedes, en el pecho mismo de la ciudad, recibí el Premio Cubadisco por las notas discográficas del álbum Veneración, Ado anunció aquel galardón. Nunca hubiera sido igual, sin su voz, sin su abrazo.   
Hizo de los estudios, su atalaya. Nos acostumbramos a verle ganar en cuanto festival participara. Ora como guionista, ora como director, o locutor. O lo que fuera. El premio era de Ado. Y lo sentíamos nuestro.  
Después de verle prendido a la máquina de escribir, a la computadora; después de verle conversar con famosos o  desconocidos; después de escuchar Supershow o Tridimensional, nadie se acordaba del ingeniero Ado Sanz Milá.  El comunicador lo había borrado.  
La vida le regaló páginas intensas. Otras, tuvo que arrancarlas. Su handicap era el pelo. Cuando querían subirle la parada, ya sabían el camino. 
Le vi sonriente junto a su otra mitad en la pantalla, Leticia Rodríguez. Tantas veces. Le vi demudado cuando anunció al país por la televisión, la huella inmisericorde del huracán Sandy. La ciudad tenía su rostro.  
Pudo caminar sobre las aguas, pudo volar; pero siguió subiendo y bajando las calles empinadas de su ciudad. Nunca desmayó. Nunca le faltaron palabras.  
Santiago lo llora.



jueves, 16 de abril de 2015

Playa Girón: la batalla inolvidable



Roberto Jesús Hernández Hernández
   Según se dice, caminar por la Ciénaga de Zapata es como hacerlo en varios países a la vez, debido a su variada naturaleza que fue escenario de la batalla de Playa Girón, aún nítida en la memoria de las heroicas fuerzas cubanas y de los mercenarios que sufrieron la derrota, hace 54 años.
   Al viajero que se adentre hoy en el mayor humedal del Caribe insular, pródigo en carreteras, modernos centros turísticos y establecimientos particulares, le cuesta imaginar el drama acontecido durante los combates que propinaron la primera gran derrota al imperialismo en Latinoamérica.
   Ni tan siquiera los libros más veraces logran plasmar todos los matices de aquella gesta, asegura Julio A. Amorín Ponce, historiador del municipio cenaguero perteneciente a la occidental provincia de Matanzas, y situado a más de 180 kilómetros al sureste de La Habana.
   Al decir del investigador, los aires de contemporaneidad de la zona se enlazan, en el imaginario popular, con el recuerdo de jóvenes milicianos que derrotaron al enemigo en menos de 72 horas, civiles destrozados por las balas, y el júbilo de los defensores al triunfar aquel 19 de abril de 1961.
   Incluso, más de cinco décadas después, se mantiene en secreto buena parte de la documentación oficial sobre el hecho, que tuvo su preludio en la Operación Pluto, plan de agresión organizado, financiado y ejecutado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés).
   Apenas cuatro meses después de la ruptura de relaciones diplomáticas con Cuba, decidida por Washington, desembarcó en la Isla la fuerza paramilitar con más de mil 500 hombres bien pertrechados, suceso que se explica a los visitantes en el museo local dedicado a la epopeya.
   Mercenarios pagados por el gobierno de Estados Unidos no tuvieron escrúpulos al violar convenciones internacionales, cuando usurparon las insignias de la fuerza aérea cubana, y utilizaron Napalm contra los combatientes, pese a estar prohibido el uso de esa sustancia, recuerda Amorín.
   Fotografías de la época inmortalizaron el coraje del pueblo de la nación caribeña guiado por el Comandante en Jefe Fidel Castro, líder histórico de la Revolución Cubana, que se impuso a los planes foráneos de crear un gobierno provisional para subvertir el orden interno.
   Lo cierto es que el otrora rincón más olvidado de la mayor de Las Antillas, donde la gente vivía en condiciones infrahumanas, fabricaba carbón por míseros jornales y veía morir a sus hijos a causa de hambre y enfermedades, es en pleno siglo XXI más próspero que nunca.
   La Revolución que triunfó en 1959 preservó la belleza exuberante del paisaje cenaguero, pero cambió para siempre el destino de sus moradores ofreciéndoles una vida digna, que saben defender incluso en estos tiempos como antes lo hicieron en las históricas arenas de Playa Girón.

Sencillamente, Santiago



Leydis Tassé Magaña
   Amanece en Santiago y desde temprano se siente a Berta la pregonera en la calle Enramadas, mientras la multitud sube y baja por la populosa arteria; unos para trabajar, otros, en sus tareas cotidianas o sencillamente, para transitar una urbe a la que el tiempo no ha amilanado sus encantos.
  Si bien cuando el Adelantado Diego Velázquez de Cuellar la fundó en 1515 y la estableció como la primera capital de la Isla de Cuba, no imaginaba quizás el conquistador que aquella acción sellaría hoy una historia de cinco siglos.
  Al recorrer la villa, seguramente, marcados por la rutina, pocos pensarán en sus antepasados: los españoles que irrumpieron en este espacio para hacerlo suyo; los aborígenes subyugados y catequizados en nombre de un Dios que no conocían; los africanos sometidos como animales para producir la riqueza con la que se erigió una tierra de esplendor, y los inmigrantes franceses y chinos que, mucho tiempo después, dejaron su cultura. 
  Probablemente, al bailar con Cándido Fabré en la calle Trocha o en el Paseo Martí durante los Carnavales, nadie recuerde que esas festividades surgieron en la etapa colonial, cuando se celebraba una procesión en las inmediaciones de la Catedral, en honor a Santiago Apóstol, Santo Patrón de la ciudad, al que esta debe su nombre.
  No obstante, los santiagueros aman su terruño, basta comprobarlo con la risa en sus rostros, la frase amistosa, la ocurrencia en la cola del pan o de la guagua, la música en cada esquina, la preocupación de los unos por los otros, el caminar agitado, o la declaración del joven a la muchacha en plena calle de que “si cocina como camina, se come hasta la raspa”.   
 En el Parque Céspedes, unos trovadores improvisados demuestran la musicalidad que los santiagueros llevan en la sangre, cuando tararean el María Cristina me quiere gobernar, de Ñico Saquito, o Lágrimas negras, de Miguel Matamoros, y de repente pasa una mulata, interrumpen la melodía y lanzan un chiflido.
  Es posible encontrar ahí también a Benny Moré reencarnado en la figura de Billy, un santiaguero que a pesar del sofocante calor que caracteriza a la urbe, siempre anda en traje, sombrero y bastón, interpretando, como nadie, las canciones del Bárbaro del Ritmo.
  A lo lejos, las montañas hacen de este terruño una ciudad anfiteatro, encaramada sobre terrazas que descienden hacia el mar y cuyo mayor espectáculo es la intensidad con la que viven sus pobladores.
  La bahía, segunda de mayor importancia en Cuba, tiene también su historia, construida por varios protagonistas, desde los corsarios y piratas que la pusieron en su mira de ataque, hasta los santiagueros, que, en solidario gesto, guardaban armas y medicinas para los mambises en sus cayos y accidentes.
  Si le preguntan a un pescador que cada día encuentra en esas aguas el sostén, y los poetas que hallan en ella una inspiración, dirán lo mismo sobre el singular accidente geográfico.
  Disímiles son los sitios que ameritan ser visitados en Santiago de Cuba, por su belleza, originalidad y, sobre todo, por el significado que entrañan, de ahí que casi todos los nativos, desde pequeños, conozcan cada rincón, interés transmitido de generación en generación.
  Cómo no conocer las calles que transitaron sus abuelos para enterrar a un Frank País asesinado; las casas donde se cosieron uniformes verde olivo; los sitios donde las madres lloraron a sus hijos mutilados por los regímenes de oprobio; el santuario donde se venera a la Virgen de la Caridad, cuya imagen acompañó a tantos de los héroes de la manigua; o el Cuartel que una juventud sedienta de justicia asaltó en 1953. 
  Es la ciudad donde Haydée Santamaría no traicionó la causa en la que creía a pesar de las torturas que, por el mismo motivo, se le aplicaban a su hermano Abel; donde Doña Rosario, además de su hijo Frank, perdió también a Josué; donde en 1951 se depositaron los restos de Martí en majestuoso Mausoleo y muchos años después, el pueblo cubano despidió al Comandante de la Revolución Juan Almeida, en su partida a la eternidad.
  Pocos desconocen la Gran Piedra; El Castillo del Morro; la Placita de Santo Tomás; la Granjita Siboney; la Plaza de Marte; la casa de Diego Velázquez, la más antigua de América; la Isabelica, para degustar un sabroso café y el cementerio Santa Ifigenia, Monumento Nacional, donde descansan los seres que vieron vivir o morir.
  Imposible visitar a Santiago y no subir una loma, contar con ayuda ante cualquier situación, o escuchar  alguna voz campechana enunciando el conocido “nagüe” para saludar a un amigo y “zapote” para referirse a la fruta que en otras provincias de Cuba llaman mamey.
  Constituye una experiencia única arrollar al compás de la conga, la de San Agustín, Los Hoyos o cualquier otro conjunto que interprete esa pegajosa melodía con la que tal parece que el suelo se abre debajo de los pies y el sudor inunda todo el cuerpo.
  Disfrutar de ese ritmo en los barrios de Martí, San Pedrito, Los Maceo, Flores, u otra comunidad donde suene el tambor y la corneta china, significa contemplar un bloque humano en perfecta armonía, a pesar de la espontaneidad con la que las personas salen de sus casas  y se unen al grupo.  
   Es también un espectáculo el placer con el que se baila en la Casa de la Trova Pepe Sánchez, donde un cartel da la bienvenida anunciando que la trova no ha muerto, y es verdad, porque ante el sonido de la guitarra y las maracas, una multitud se congrega al interior del recinto y sus inmediaciones para disfrutar de ese género popular único y que representa a la cultura cubana en todo el orbe.
  Transitar la urbe santiaguera, además de sofocarse con el intenso calor, es deleitarse con la simbiosis entre la obra de la naturaleza y la del hombre, que dio lugar a una ciudad paisaje y laberíntica, matizada por el techado rojo de sus casas coloniales, muchas de las cuales se mantienen, y otras se restauran ante los preparativos para festejar el medio milenio.
 Con razón muchos afirman que la ciudad no sería la misma sin el mar, debido a la hermosa vista que le imprime, y al ambiente bohemio, caribeño e ideal para enamorar, que propicia ese paisaje azul.
  No resultó extraña entonces la iniciativa de la Oficina del Conservador de la Ciudad de construir un Malecón desde el comienzo del paseo de La Alameda hasta el edificio de la Aduana del Puerto, un sitio más para escuchar al trovador, enamorarse, compartir alegrías, sueños, y quizás tristezas.
  Será tal vez el espacio para rememorar acontecimientos que han marcado la vida de todos, como el de octubre de 2012, cuando la naturaleza nombró Sandy a su furia, y la urbe sufrió uno de los huracanes más devastadores de su historia.
  Acertadamente un periodista santiaguero llamó aquel instante la noche más larga, porque, hasta los más valientes, se azoraron con la fuerza de las rachas superiores a 230 kilómetros por hora que afectaron el fondo habitacional, más del 80 % del arbolado, y provocaron cuantiosos daños materiales.
  Pasarán muchos años y varias generaciones recordarán como el primer día aquel fenómeno natural, pero especialmente, la virtud de los hombres y mujeres que, sin techo en sus casas, pusieron la mano en el hombro de quien lloraba también por sus pérdidas, o prestaron su cocina de gas para que la vecina calentara la leche de su pequeño frente a la ausencia del fluido eléctrico.
  No se olvidarán tampoco las tertulias en los barrios aquellos días, cuando los vecinos se reunían en las calles para amenizar las noches, conversando, haciendo chistes, o rememorando, en tono risible, el corre-corre ante el huracán, algo muy  característico del cubano, reír a pesar de los problemas.
  Quien no ha exclamado ¡misericordia! ante los temidos movimientos telúricos en Santiago de Cuba, zona de mayor peligrosidad sísmica en el país y, a pesar del miedo, ha contado luego, jocosamente, las historias que demuestran las más insospechadas reacciones del ser humano ante el peligro, como la frase que se oyó decir a alguien: “hasta los cojos corrieron”.
    Santiago es más que un espacio físico, representa folclor, sabor, idiosincrasia, religión, sensualidad, calor, playa, sol, ron, café puro, por solo citar algunos valores que la identifican en todo el mundo, y la sitúan como la Capital del Caribe.  
  Es por ello que cada año, desde abril de 1981, en la primera semana de julio, se celebra aquí un Festival en honor a esa región, que ha devenido un notable suceso artístico y académico por su alcance socio-cultural, que los pobladores y la ciudad anfitriona esperan cada año, cuando reciben visitas de muchas latitudes. 
  Igualmente, la villa, en marzo, se convierte en sede del Festival Internacional de Documentales Santiago Álvarez in Memoriam, una verdadera fiesta del género que convoca a varios realizadores noveles y de experiencia, para socializar sus materiales y profundizar en la obra de Álvarez, una de las figuras cumbres de la cinematografía cubana y latinoamericana, autor de obras legendarias como Now y Hanoi martes 13. 
  El medio milenio de la villa es, desde hace un tiempo, uno de los principales temas de conversación, porque un cumpleaños así no se festeja  todos los días, mucho menos, conservando tantos encantos, de ahí que julio, como reza el argot popular se espere “como cosa buena”, no solo por el Festival del Caribe y los Carnavales, sino también por el calor humano y la algarabía que inundará cada rincón.
  A propósito de la celebración, se remozan instituciones de diversos sectores, la ciudad luce más linda y se advierte en las expresiones de la gente un brillo inigualable, desde los niños hasta los más longevos, estos últimos, admirados con la evolución de la ciudad en la que construyeron sus sueños, y que heredará su descendencia para seguir forjando historia.
  Son los sueños con los que los héroes y mártires lucharon sin desmayar; con el que sus familias soportaron el dolor; con los que Berta pregona sus remedios para el cuerpo y el alma; con los que los juglares tocan en el Parque Céspedes; con los que el Benny oriental canta y con los que se enfrentan los momentos duros de la vida.
  Son esos sueños, hechos realidad en la gente común, los que definen, sencillamente, a Santiago.