sábado, 22 de noviembre de 2014

Mujer, derechos e igualdad: paradigma cubano



 Marcos Alfonso
   La noticia aparecida en Granma a inicios de noviembre, no por recurrente, estremece: “Estado Islámico (EL) pone precios a mujeres yazidíes y cristianas secuestradas”.
   Y lo más doloroso y horripilante aún es el salvaje comercio que incluye a niños. Todo en pleno siglo XXI.
   Rememoraba pasajes del libro en el cual un descendiente -nieto- de negra conga esclavizada, narraba las vicisitudes de su abuela, arrancada de la tierra que la vio nacer, de los hábitos, cultura, idiosincrasia, para ser sometida por la fuerza a realizar la voluntad de los amos en otro mundo diferente al suyo a finales al siglo XVIII.
   Traigo a colación los hechos para contrastar cómo desde tiempos inmemoriales la mujer, amén objeto de placer y continuadora de la especie, ha estado siempre sometida a la voluntad de sus opuestos, los hombres, sin el menor reparo a su condición de ser viviente y en igualdad de derechos a sus congéneres del otro sexo.
   En el presente humano se libran batallas y baten banderas por emancipar a la mujer y ofrecerle igualdad de deberes y derechos, entendidos estos independientemente de credos, razas, procedencia o sexo.
   “Los derechos humanos son la forma más evolucionada que el hombre conoce para dejar en claro la igualdad y la hermandad entre todos los individuos”, según el sitio digital Ecured.
   El caso de Cuba, paradigma -aún incompleto- en el contexto latinoamericano y mundial, desde el triunfo de la Revolución las féminas han sido sujetos activos y principales beneficiarias de las conquistas populares.
   En el entramado de la lucha por la justicia social, desde los albores de las guerras por la independencia en el siglo XIX, se iniciaba la batalla por el ejercicio pleno de la igualdad de derechos y oportunidades de mujeres y hombres.
  Desde los comienzos de 1959, el país adoptó medidas de toda índole, oficiales y políticas, que garantizaran los derechos humanos fundamentales de todo el pueblo, y en particular de las mujeres, niños y ancianos, y cimentaba, según Ecured, “las bases para la implementación de la legislación que proclamara y sustentara estos principios, entre los cuales ocupó lugar prioritario la erradicación de cualquier tipo de desigualdad o discriminación, entre ellas, la originada por motivo de sexo”.
  La Federación de Mujeres Cubanas, creada el 23 de agosto de 1960; la Constitución de la República, aprobada mediante referendo popular el 24 de febrero de 1976 y su posterior Reforma en julio de 1992; la Comisión Permanente de Atención a la Juventud, la Niñez y la Igualdad de Derechos de la Mujer, nacida con la creación del Poder Popular en 1976, y el Código de Familia, refrendado por la Ley 1289 del 14 de febrero de 1975,  entre otros instrumentos rectores, constituyen basamentos legales y jurídicos para la reivindicación integral de las compañeras en la sociedad.
   Desde luego, y porque somos humanos, precisamente, no todo lo legislado y plasmado en blanco y negro, se cumple. Todavía están arraigadas actitudes machistas y discriminatorias hacia el mal llamado sexo débil (nada tiene de tal), que lastran en alguna medida las buenas intenciones por la emancipación total de la mujer.
  Discriminación laboral para ocupar puestos de dirección; falta de ayuda a la hora de enfrentar las situaciones de la familia en el hogar, en particular la crianza de los hijos; carencia de caballerosidad en lo cotidiano… aparecen aún como manifestaciones negativas en la sociedad y que repercuten en múltiples expresiones  del diario accionar de nuestras damas.
   Lo del Estado Islámico, sencillamente horripila en pleno siglo XXI, pero en el mundo existen numerosas prácticas discriminatorias hacia los humanos, y en particular con ancianos, mujeres y niños, demostrativos del camino por andar.
   En Cuba las vivimos en épocas de la esclavitud y hasta mediados del siglo XX.
   Enero de 1959 significó el viraje y, todavía a pesar del trecho recorrido, andamos en deshacer entuertos.

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