Aída Quintero Dip
Su vida y su obra hablan por él.
Se llama Nicolás Maduro Moros, acaba de ser investido presidente constitucional
de la República Bolivariana
de Venezuela, tras haber ganado en las urnas el 14 de abril por voluntad
popular, en unas elecciones transparentes, impecables, libres, que devinieron
verdadera fiesta democrática.
Su toma de posesión en la sede de la Asamblea Nacional,
en Caracas, ante delegaciones de más de 60 países y 17 jefes de Estado y de Gobierno, de los poderes autónomos e independientes de la
nación, diputados, el pueblo, las Fuerzas Armadas, no pudo tener mejor día: 19
de abril, cuando se celebraba los 203 años de la proclamación de la
independencia y el ideario del Libertador Simón Bolívar estaba más presente que
nunca.
Es que “el espíritu de
libertad regresa para recordarnos de qué manera está hecha”, como dijera Jorge
Rodríguez, y corroboraron muchos venezolanos.
La juramentación de Maduro confirmaba
su línea política, su proyecto social, al expresar que sería fiel a la
constitución, aprobada por el pueblo en 1999, y
el compromiso de lealtad en la construcción de una Patria de felicidad,
socialista e independiente para todos y para todas.
Un momento muy emotivo, simbólico
de la ceremonia solemne de investidura, aconteció cuando recibió la banda
presidencial y el Gran Collar del Libertador, de manos de Diosdado Cabello,
máximo dirigente del poder legislativo de la nación suramericana, acompañado
por María Gabriela Chávez, hija del inolvidable Comandante Presidente Hugo
Chávez.
El mandatario convocó a
consolidar y profundizar aún más la Revolución Bolivariana, que iniciara hace 14 años el fallecido líder, e instó al diálogo y la concordia en el país, pues no dará ni un instante de reposo a su brazo hasta que el pueblo de Venezuela sea definitivamente libre como lo soñaron los próceres.
¿Quién es este hombre alto, apuesto, afable, de mirada diáfana, al cual
Chávez transfirió su legado político y
toda su confianza en el futuro del país?
Nació en Caracas el 23 de noviembre de 1962, en su adolescencia gustaba de tocar guitarra,
cultivaba música rock y folclórica, también tenía afición por la pelota. Es un
hijo legítimo del pueblo venezolano que desde muy joven se inclinó hacia el
apoyo de los más humildes.
En otros trazos de su vida resalta que enfrentó a los gobiernos de
turno; como chofer de autobús se forjó en las luchas obreras hasta convertirse
en líder sindical en 1990. Además organizó y militó en la Liga Socialista con apenas 26
años.
Inteligente y sensible para interpretar la realidad del país que le tocó
vivir, conocedor de su historia; ayudó a redactar la Constitución que
ahora defiende y protege con extraordinaria vehemencia, y una fidelidad que ha
puesto a prueba en los momentos más duros.
Aunque no participó directamente en la acción de los bolivarianos de
corazón que gestaron la rebelión cívico-militar del 4 de febrero de 1992, como
joven de avanzada encendió su espíritu insurrecto a partir de esa llama, para
seguir a Chávez en los afanes por transformar a
Venezuela.
Su aval más consistente está -a mi modesto entender- en que en los
últimos 20 años estuvo al lado del líder, "de quien no me aparté ni un momento"
-como él mismo asevera-, compartiendo avatares, luchas, ideales, siendo el mejor
intérprete de su doctrina política y revolucionaria, palpitando al compás del
pueblo, siempre atento a sus intereses y anhelos.
Diputado en el 2000, presidente de la Asamblea Nacional,
vicepresidente tras los comicios de octubre del 2007 y casi siete años de
Canciller, fue la cara más visible en el mundo de la diplomacia venezolana,
lideró esfuerzos para que Venezuela ingresara a MERCOSUR e integrara espacios
regionales como UNASUR Y CELAC.
Dio lecciones en la ONU
defendiendo la soberanía y la no injerencia en los asuntos internos de su
nación, frente a la soberbia del imperio afanado en someter a sus designios a
todos los pueblos. Igual postura se recuerda ante la OEA y, especialmente, la
contundente respuesta que ofreció a la delegación de los Estados Unidos durante
una reunión en Panamá.
Tiene a su lado no a la
primera dama, sino a la primera combatiente, Cilia Flores, figura clave tanto en lo personal como en
lo político, comprometida con el proceso
bolivariano desde hace 21 años, cuando se sumó al movimiento génesis del
chavismo, el MBR-200, igual que Maduro. Su incondicionalidad con Chávez se
forjó en 1992 al integrar el grupo de abogados que lo defendió tras la
fracasada intentona golpista que el entonces teniente coronel encabezó.
El periodista José Vicente
Rangel, lo calificó como un político firme, íntegro, insobornable, garantía de
la continuidad de la Revolución Bolivariana,
al hablar en el cierre de una campaña electoral auténtica, de altura, de un
hombre acreditado por importantes servicios públicos.
Tras la posesión del cargo,
el 19 de abril, se fue Nicolás Maduro a reencontrarse con su padre, a rendirle
honores al Comandante Supremo Hugo Chávez, en el Cuartel de la Montaña. En el emblemático
sitio, Cuna de la
Revolución, le dio el
parte de misión cumplida y puso flores bancas en homenaje al mentor y amigo,
cuyo recuerdo aún sobrecoge por una vida tan inmensa y dolorosamente tan corta.
Su principal reto es escueto pero grande: Eficiencia o Nada; ahí va el
trabajo en la economía, en el poder popular, en los proyectos sociales, en la
seguridad, en la paz, en la integración, en consolidar la Patria Grande.
La espada del Libertador Simón Bolívar quedó en buenas manos, en un
equipo sólido, fortalecido, de liderazgo colectivo; en una Patria más unida y
más segura de lo que quiere y con meridiana claridad de la soberanía que debe salvaguardar a toda costa. Cuba está
junto a él y su pueblo en ese empeño.