martes, 27 de mayo de 2014

Cual horno que va quemando por dentro




 María Elena Balán Saínz
  Es cierto que en muchos lugares, en recintos cerrados se prohíbe fumar, pero así y todo quien gusta de prender un tabaco o cigarrillo no repara en los daños a su salud ni en la de quienes pasivamente reciben lo expelido sobre ellos.
  Cual horno que va quemando por dentro, aunque aparentemente represente un placer al individuo acostumbrado a fumar, ese humo salido con profusión contiene unas 60 sustancias cancerígenas como el arsenio, cromo, hidrocarburos, polonio, benceno, y otras son irritables y tóxicas como el formol, amoniaco, nicotina y monóxido de carbono.
  Lo peor es que quienes no tenemos adicción al tabaco, estamos igualmente involucrados como fumadores pasivos.  Mis vecinos, por ejemplo, los prenden desde temprano y desde el portal de su casa “regalan” toda esa polución que el aire cuela por las ventanas.
  Tras salir a tomar el ómnibus, igual te encuentras en la parada muchos que son fumadores y aunque te alejes o te tapes la nariz, cae sobre ti la carga contaminante. Y si  decides  adelantar y montarte en un viejo auto clásico, de esos que tienen el rótulo de taxi, entonces ahí también te va persiguiendo, por lo general, las bocanadas de otro adicto.
   Ninguno  de ellos piensa entonces en que  el 86 por ciento de las muertes por cáncer de pulmón son atribuibles al tabaquismo, al menos así lo demuestran las estadísticas en Cuba, las cuales igualmente refieren la incidencia de las enfermedades respiratorias crónicas, las cardiovasculares y la úlcera péptica.
  Entiendo que aunque no quieran, la mano se les cuela en el bolsillo o cartera y sacan el cigarrillo con deleite, porque bien es cierto que los adictos al tabaco desarrollan dependencia y sufren síntomas de abstinencia cuando no lo consumen.
  No  obstante, si deciden abandonar ese gusto pueden someterse a tratamiento, pero a partir de su propia decisión y fuerza de voluntad. ¿Qué no se puede? Pues les digo que sí, porque yo misma fui fumadora, allá por la época cuando era estudiante y la cercanía de exámenes hacía que bebiera más café y encendiera un cigarrillo. Luego decidí dejarlo y lo logré.
  Otras muchas personas también se propusieron abandonar ese mal hábito y alcanzaron su propósito. Creo que resulta oportuno hacer caso al alerta de la Organización Mundial de la Salud: “De no invertirse la tendencia actual,  causará unos 10 millones de muertes cada año hasta el  2020”.
  Lejos de representar un placer, como decía una vieja canción, fumar constituye el acto de exponerse a una muerte lenta y silenciosa, no solo las personas que tienen esa adicción sino también aquellos que comparten la convivencia y resultan, de hecho, fumadores pasivos.
  El mundo entero, ante la inminencia de las nefastas consecuencias de ese mal hábito, desarrolla una campaña con el fin de restar adeptos al tabaco. Para ello se aprovechan todos los medios, e inclusive espacios televisivos con alta audiencia, hacen referencia a ese problema.
   Pero no son muchos los fumadores que interiorizan los mensajes y es común escuchar comentarios como: “mi tío fumó toda la vida y no se murió de eso”, o también otros que resignadamente dicen: “de algo hay que morirse”, aunque ven ese fenómeno como una cuestión ajena a su persona.
   Nuestro país, a pesar de ser una Isla pequeña, muestra una alta cifra de fumadores, y lo peor es que el número de cigarrillos consumidos por una persona mayor de 18 años es alta.
  Cada día observamos que son numerosos los jóvenes que comienzan a incursionar en el tabaquismo, muchas veces porque sus padres padecen la adicción o porque tienen compañeros de estudio que también lo hacen y los invitan a echar una fumadita.
   De esa primera vez pasan a otras y así, sucesivamente, hasta convertirse en un elemento del cual no pueden prescindir.
   Muchas veces lo hacen bajo el erróneo concepto de que dan la impresión de ser más hombres y resultan atractivos ante las muchachas, lo cual es un error, porque son otros elementos los que determinan la madurez y la proyección de un joven.
   Ante la cercanía del 31 de mayo, Día Mundial sin Tabaco, en lugar de poner sobre el cenicero un cigarrillo, coloquemos una rosa, empeño inicial para ir restando adeptos al tabaquismo.

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