martes, 25 de agosto de 2015

¿Corrupto yo?



Magaly Zamora Morejón
   Corrupción, palabra maldita que algunos prefieren pronunciar en voz baja o sustituir por otras de menor fetidez moral como indisciplina, negligencia o descontrol.
   Actitud indecorosa que como la lava ardiente va cubriendo  todo a su paso y se cuela por debajo de la puerta de climatizadas oficinas, sube en elevadores hasta los pisos más altos de encumbrados edificios, viaja en autos de lujo, se hospeda en hoteles de alta categoría y no distingue esferas, sectores, ni avales personales.
   Punta de un iceberg que se sustenta en la falta de exigencia, el egoísmo, el afán de lucro,  de poseer y ostentar por encima de los demás y sobre todo de la    pérdida de valores como la honestidad y la honradez.
   La historia recoge numerosos ejemplos del daño que puede ocasionar  un jefe militar, un político, un empresario o hasta el más simple de los individuos cuando es capaz de vender su alma al diablo y traicionar la confianza  y la responsabilidad que le han sido asignadas.
   Cuba no escapa a tales hechos, a pesar de la educación impartida, desde edades tempranas a sus ciudadanos, basada en principios de integridad moral.
   Resaltaron en su momento casos como el de la empresa niquelífera, el de Cubana de Aviación y las comunicaciones, reflejados en  la prensa y que envolvieron también, en casi todos los casos a empresarios extranjeros como principales agentes de soborno.
   Más recientemente, el Noticiero de la Televisión se hizo eco de los hechos ocurridos en las actividades relacionadas con la perforación y extracción de petróleo y los cuantiosos daños ocasionados a la economía.
   Habría que preguntarse por qué fallan tan a menudo los sistemas de control y supervisión a nivel de empresas y organismos y hasta incluso pasan inadvertidos para las auditorias los desvíos de recursos, las apropiaciones indebidas y la venta ilícita de propiedades estatales.
   Este mal parece extenderse cual metástasis a las más diversas esferas, pero más que hacer la autopsia  de los expedientes ya cerrados, vale la pena analizar qué condiciones propician la proliferación de actitudes negativas en el comportamiento de los cuadros administrativos y qué hacer para prevenir tales desafueros.
   Un país bloqueado, que ha sobrevivido a extraordinarias presiones internacionales y a incontables pruebas internas, no ha vendido uno sólo de sus principios y ha sabido cortar de raíz cualquier atisbo de corrupción a precios extremadamente dolorosos.
   Sin embargo, ¿de qué serviría todo eso si dejara que ahora, el delito económico carcomiera como el comején, el tronco que sostiene el sistema político de la nación?
   ¿Qué ejemplo estaremos dando si tiramos por la borda tantos años de igualdad social para terminar asumiendo posiciones liberales, donde tengamos que ofrecer por la izquierda alguna prebenda para recibir algo que por derecho nos corresponde? 
   ¿Cuál será el futuro que  nos espera si cada quien  dispone de los recursos de su empresa para su uso particular o para venderlos y engrosar su capital?
   No vivimos en una burbuja y las influencias del mundo exterior son asimiladas de maneras diferentes por los ciudadanos, que en muchos casos no se resignan a vivir de manera sencilla y tratan de solventar sus desmedidas ambiciones a costa del Estado.
    Solamente una sólida formación moral unida al control y fiscalización adecuada en cada puesto laboral puede prevenirnos de caer en la tentación o ponerle freno a tiempo a lo que a veces comienza para satisfacer  una necesidad perentoria y termina en la actitud desfachatada del que se cree intocable y por encima de los demás.
   Hay que tener valor para conformarse con las escasas opciones que permite el salario y explicarle a la familia que los recursos que manejamos no nos pertenecen, mientras  el vecino que apenas acaba de ocupar un cargo comienza rápidamente a cambiar su modo de vida y su conducta .
   No hay mayor gloria que el alma que está contenta de sí, dijo José Martí, el más universal de los cubanos, que con los zapatos raidos,  fue incapaz de tocar un centavo de las contribuciones recogidas para organizar la Revolución.
    Preservar esa gloria que se ha vivido es un compromiso de cada cubano tanto con los héroes que labraron el camino hasta aquí como con las generaciones que vendrán. Está en juego el prestigio y la existencia misma de la Revolución y no se trata de sálvese quien pueda, sino de salvarnos todos de la deshonra y de la condena de la Historia.

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