lunes, 9 de febrero de 2015

El milagro del amor




Dania Mendoza Gómez
   El amor ha sido y será en todas las épocas un milagro. Siempre acecha, presto a tocarnos con su mágica vara, en los tempranos tiempos de la adolescencia o cuando ya peinamos las primeras o las últimas canas.
   El mítico Cupido revolotea por ahí, con su pícara mirada, listo para lanzar el flechazo de turno en el momento en que más desprevenidos estamos. Cual verdadero tsunami, nadie puede anticipar su llegada. En el más inesperado sitio podemos encontrar a nuestra media naranja, aunque a veces no lo advirtamos de inmediato.
  La fiesta del CDR o de fin de curso, la parada de un ómnibus, la playa y… hasta la consulta de un médico son sitios apropiados o sorprendentes, según el caso.    Empezamos por intercambiar unas palabras y de pronto, al cabo de unas horas, unos días, unos meses, reparamos en que la persona en cuestión se ha hecho imprescindible en nuestras vidas.
   Aunque se explica por el conjunto de hormonas que genera el sistema endocrino del organismo humano, nunca nos preguntamos, ni tratamos de que se nos explique, por qué sufrimos palpitaciones, nos brilla la mirada, nos sudan las manos, sentimos ese frío en el estómago...
   Para la persona amada no hay límite en el tiempo ni en el espacio. Todo nos parece poco para ofrecerlo y el corazón deja de tener una aurícula  y dos ventrículos para convertirse en símbolo venerado.
   En los tiempos que corren, casi nunca el primero se convierte en el amor para toda la vida, pero se dan casos: los conozco y sonrío cuando hoy veo los frutos de ese primer beso dado y recibido en tierna edad.
   En Cuba, el 14 de febrero se ha hecho celebración extendida al amor en su más amplia acepción. Pero nunca dejará de ser, como en tantos otros sitios del mundo, el Día de los Enamorados. Ese día consagrado a San Valentín, un sacerdote cristiano que, según la leyenda en la Roma del siglo III casaba a los amantes, a despecho de lo que dictaban las leyes.
   La historia está llena de parejas célebres, pero curiosamente la más memorable de todas, Romeo y Julieta, no fue real sino que salió de la pluma del mayor de todos los escritores de la lengua inglesa, William Shakespeare, lo que no ha sido impedimento para que sea considerada una suerte de medidor de la pasión entre dos seres humanos.
   Nunca valieron ni valdrán corazas o escudos contra el amor, que siempre, y por suerte, surge y se presenta como lo que es: un verdadero milagro.

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