martes, 20 de diciembre de 2011

Celia, de las flores más auténticas de la Revolución


AÍDA QUINTERO DIP
En estos días cercanos a la alborada 53 de la epopeya de enero de 1959, hay un recuerdo muy especial en mi Patria para quienes  participaron de forma destacada en el acontecimiento desde su propia génesis,  como Celia Sánchez Manduley, una mujer imprescindible de la Revolución, que sigue hechizando con su historia.
Aseguran que el 9 de mayo de 1920 en Media Luna hubo luna llena para alumbrar el nacimiento de una niña de nueve libras y 12 onzas. Irradió tanta luz que su protagonismo fue singular en los nuevos amaneceres de Cuba.
Celia fue una niña bonita, las fotos de la infancia revelan a una pequeña de bello rostro; tez blanca, óvalo más bien redondeado y hermosos ojos negros; fue educada como el resto de sus hermanos sin convencionalismos, prejuicios ni rigideces.
Así nació la flor, impregnada de un aroma silvestre,  hija de los placeres de la lluvia y el viento;  niña atrevida, traviesa, tierna y vehemente en su manera de querer a los demás. De su padre Manuel adquirió la tenacidad, la sensibilidad patriótica y política; de su madre Acacia, la pureza de las intenciones, alegría y cordialidad.
Tal mezcla de intranquilidad y pasión, de ternura e intrepidez tenían que convertirla, al paso del tiempo, en una de las personalidades más seductoras de la historia de Cuba.
En 1955 viajó a México donde fundó el Movimiento 26 de Julio; fue  de las primeras mujeres en empuñar las armas durante la Revolución. Su principal papel en la guerra de liberación nacional lo desempeñó en la preparación, desde su natal Manzanillo, del desembarco de los expedicionarios del yate Granma, el 2 de diciembre de 1956.
El 19 de marzo de 1957 sube a la Sierra Maestra y se incorpora como combatiente al Ejército Rebelde. Fue la principal promotora de la creación del pelotón femenino Mariana Grajales, y  junto a Fidel participa en diversos combates y marcha en la Caravana de la Victoria.
Tal vez la leyenda de guerrillera ha empañado un tanto a la mujer de carne y hueso. Celia fue mucho más que la brava heroína, capaz de disfrazarse de embarazada o desafiar las espinas de un marabuzal para burlar al enemigo. Amante de la naturaleza,  adoraba el paisaje de Pilón, esa simbiosis de mar y lomas, donde vivió desde 1940 a 1956; la Mariposa en el cabello no era obra de la causalidad.
Otra virtud que la hizo imprescindible era su capacidad para estar pendiente del detalle; y los ejemplos están en los papelitos y notas de la mochila guerrillera que supo conservar para armar la historia.
Celia es expresión de lo autóctono por su criollez, su cubanía; siendo diputada, del Consejo de Estado, del Comité Central del Partido, nunca dejó de comportarse con su gracia y acento campesinos, de gente del pueblo. Ni miró jamás por encima del hombro a alguien.
Resulta inconcebible que no se enamorara: Sí tuvo novios y varios pretendientes; y vivió fracasos en su juventud. Se habla, por ejemplo, de su enorme tristeza después que rompió el noviazgo con un muchacho manzanillero. “Lo que hay que entender y subrayar es que el gran amor de su existencia fue la Revolución. Por esta, lo antepuso todo, se desveló, dio el alma y la vida”, según criterios de sus biógrafos.
El 11 de enero de 1980 no se marchitó la flor; fue sembrada en tierra fértil  “la flor más autóctona de la Revolución”, una mujer imprescindible de la Revolución que siempre despertaba  nítidos sentimientos en la multitud cubana, lo que asegura que nunca será olvidada.

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